28 enero, 2010 - 12:41
Elogio de una madre (Guti H.)
Desde hace varios años, en la camiseta de Guti puede leerse tras su nombre una coda extraña para los profanos. Los más futboleros, los más madridistas o los muchos adoradores de Gutiérrez sabrán lo que significa. En su última etapa, el acrónimo "HAZ" ha reunido las iniciales del apellido de su madre, Hernández, y las de los nombres de sus dos hijos, Aitor y Zaira. Ha sido la derivación de la solitaria H., con la que el catorce quería simplemente hacer referencia a la persona sin la que Guti no hubiera existido: no porque, como es obvio, sin ella no estaría en el mundo, si no porque sin su esfuerzo, Jose, como le llamaban en casa, o Schuster, como le conocían en el barrio, nunca habría pertenecido a la cantera del Madrid. Y no habría sido rebautizado en ella como Guti para diferenciarle de otros dos chicos también apellidados Gutiérrez que jugaban en su mismo equipo.
El primer día en que, ya profesional del primer equipo, Guti lució la H. en la espalda, quiso dar una sorpresa a su madre, y decidió no avisarla. Cuando terminó el partido, le preguntó que le había parecido. Carmen, según ella misma nos contó, contestó que no se había dado cuenta, de tan pendiente como había estado del juego. En un principió, Guti torció el gesto. Pero le duró poco.
Porque seguro que recordó los sacrificios de Carmen desde mediados de los ochenta. José María, el padre de Guti, era un electricista que por sus horarios o por tener que trabajar durante largas temporadas fuera de Madrid, no podía llevar a su hijo a entrenar. Su mujer no sabía conducir. Habría sido entendible que la carrera del ilusionado niño se acabara en ese momento. Pero había una solución. La que tomó Carmen: los viajes en tren, en los que recorría la línea ferroviaria del cercanías desde Torrejón a Chamartín. De allí, un paseo a pie con su hijo y con su compañero Cobos, que se les había unido en su camino desde Guadalajara, hasta la Ciudad Deportiva en el Paseo de la Castellana. A esperar a que entrenaran, a que se ducharan, y luego, el recorrido a la inversa. Eso hacía cuatro o cinco veces por semana una mujer que a su esfuerzo de ama de casa con dos hijos, unía el trabajo en una guardería o como costurera. Ocho años de muy poco dormir en los que vio a Jose crecer, hacerse futbolista, y trabó amistad con tantas madres y padres de los demás niños. Por eso, Carmen también lloró el día que vio a su hijo hacerlo cuando su amigo Álvaro Benito, hoy cantante de Pignoise, le contaba por teléfono que se había destrozado la rodilla después de un partido con la selección sub-21 en noviembre del 96, y que le costaría años más tarde abandonar el fútbol.
Puede que los que lean esto estén reconociendo en Carmen Hernández la abnegación de su propia madre. A mí me ocurrió. Como también la reconocí cuando nos obsequió con una espléndida tortilla de patatas, plato preferido de Guti en pugna con sus canelones. Y como también reconocí a mi padre cuando José María, el padre de Guti, nos enseñó la colección de recortes de prensa que conserva de su hijo desde sus inicios, y en la que elimina los que considera más hirientes por si en un futuro los leen sus nietos.
Carmen y José María son socios del Madrid desde hace muchos años. Durante los primeros cinco, ningún abonado del club blanco sentado a su alrededor sabía que ellos eran los padres del catorce. Les tocó escuchar impertérritos comentarios muy desagradables, insultos. Y no abrieron la boca. Pero en una ocasión en que llevaron con ellos al Bernabéu al padre de Carmen, el hombre no pudo evitar comentar con orgullo quién era su nieto. Aquello provocó el estupor de algunos de los que se sentaban cerca y habían dicho de todo contra Guti. “Se quedaron tan blancos como la camiseta del Madrid”, recuerda hoy Carmen. “¿Por qué no nos han dicho nada?”, preguntó alguien. “¿Y por qué teníamos que decirlo?”, contestó Carmen. Desde entonces, en esa zona del estadio, nadie se mete con Guti. Por respeto y cariño a sus padres.
El mismo cariño y respeto que se han ganado de mi parte, de la de los cámaras Romano Atticus y Adolpho Cañadas, y de la del realizador Edgar Delgado, creativo y laborioso como siempre y más paciente conmigo que nunca, que ya es decir. Gracias a los tres.
Raúl Román

