Necesitaba un respiro, de ahí mi silencio durante la última semana. Espero que lo comprendáis. Uno intenta ver la tele y escribir a diario, pero a veces los compromisos previos adquiridos, los plazos de entrega, las ocupaciones familiares, los asuntos pendientes... en fin, me superan. La vida sigue su curso y en ocasiones cuesta lo suyo subirse a su carro. Pero ya estoy aquí, me agarro fuerte y continúo.
Nos habíamos quedado... con el final de una era. Por varios motivos. No sé vosotros, pero yo sí percibo algo distinto en la atmósfera televisiva. La huelga ha dejado cierto poso amargo y muchos flecos sueltos. Los restos de la batalla alimentarán nuestra sed de ficción durante los próximos dos meses pero sabe a poco. En cierto modo, tengo la sensación de que no me va a dar tiempo de ver lo suficiente, de ponerme al día con todo lo que me queda pendiente antes de que llegue abril. Me volverá a pillar el tren, seguro. Me había acostumbrado al ritmo pausado de estrenos durante el paro de guionistas. ¿Les ocurrirá al resto de la audiencia lo mismo? Quizás hayan aprovechado para volver a devorar libros, salir con los amigos, descubrir la Wii, ir incluso al cine. ¿Habrán percibido ondas similares los estudios y nos pondrán a dieta de series? Espero que no, las dosis prefiero autoadministrarlas.
El panorama de estrenos del pasado otoño ha sido tan desasosegante que no me duele reconocer cierta alegría ante un final de temporada precipitado. Supongo que servirá para rectificar muchos errores. Hasta que no tomemos distancia temporal no tendremos perspectiva suficiente para valorar las consecuencias. De momento, la única serie importante para mí que puede salir perjudicada como daño colateral es Friday Night Lights, que ahora mismo pende de un hilo. Los estrenos del nuevo año han sido en gran parte satisfactorios. The Wire, a la altura. In Treatment, interesante. Eli Stone, entretenida. Y Perdidos, arrolladora e imprevisible, como siempre. No puedo decir lo mismo de Lipstick Jungle, Cashmere Mafia o Terminator, perfectamente olvidables. No todo vale en este boom de las series.
En casa, en Digital+, estoy volviendo a ver la segunda de Dexter, la sexta de El ala oeste de la Casa Blanca y la primera de The Wire, pero también las últimas temporadas de House, Mujeres desesperadas y Cinco hermanos. Estoy aguantando Los Tudor como buenamente puedo, riéndome con Los informáticos, siguiendo las pistas de Ley y orden. He aprovechado para reengancharme a Anatomía de Grey, Sexy Money, Life y Gossip Girl, que las había dejado algo abandonadas semanas atrás, ya que no me entusiasman aunque me distraen esporádicamente. Se acerca el final de la cuarta de Nip/Tuck y, sobre todo, el de Veronica Mars, lo que me inquieta bastante. Pero dos acontecimientos clave marcan mi semana pasada en el limbo: el cliffhanger final de la séptima temporada de C.S.I (¿quién es capaz de esperar al otoño?) con Sarah bajo un coche estrellado en algún lugar del desierto a manos de la asesina de las miniaturas y Grissom perdiendo los estribos como nunca antes; y el delicioso comienzo de la segunda temporada de Big Love. Pero eso lo dejo para cualquier otro día de esta misma semana.