Cinco años en la funeraria de los Fischer (en A dos metros bajo tierra) y otros dos rescatando difuntos junto a George (en Tan muertos como yo) o Melinda (en Entre fantasmas) no son suficientes para habituarme a lo inevitable, a lo inesperado, a la eventualidad de la tragedia. Hay momentos en los que, por más que busquemos evasión en la pequeña pantalla, no hay consuelo que valga. Cada vez más la ficción en televisión trasciende su mera función de entretenimiento y se convierte en reflejo de realidades dolorosamente cotidianas. Pero el día se esfuerza siempre en ir un paso (o varios) por delante. Y nos coge por sorpresa y a traición.
He aquí una confesión de Serial Killer: dejé de ver A dos metros bajo tierra al terminar la tercera temporada. Me quedan aún dos más llenas de luto y padecimiento, pero es que el sufrimiento al que me obligaba a someterme era demasiado para lo que podía soportar en ese momento. Cada tragedia a su tiempo, que al menos en televisión puedes administrarlas a tu antojo. Es una de mis series favoritas y me he propuesto dedicar el verano a hacer los deberes, sé lo que me pierdo, aunque la realidad golpea a diario con suficientes desgracias como para que la experiencia sea medianamente llevadera.
Decido refugiarme entonces en la comedia, pero a la cacareada crisis de la sitcom de los últimos años no le veo salida. Las series de humor de ahora, y tengo unas cuantas predilectas, apenas me hacen reír lo suficiente, ¿es cosa mía? Con Scrubs, por la emocionante ingenuidad que destila su visión de la enfermedad y del amor/desamor, termino llorando la mitad de las veces. Con The Office, por la crudeza con que hace burla del rutinario universo laboral en el que estamos todos implicados, se me congela una sonrisa de oreja a oreja que vista desde fuera creo que provoca escalofríos. Con la animación de Los Simpson o Padre de familia se me abre la boca de cuajo y no salgo de mi asombro, por su certero retrato de un ambiente familiar demasiado creíble.
Mi nombre es Earl, Rockefeller Plaza... divertidas, pero no consiguen hacerme volar la mente en otra dirección. Weeds, El séquito... aventuras únicas y personales que me entretienen sin descojonarme. Para eso, prefiero algo maldito y desesperado, tipo Arrested Development, en sesiones de dvd, o el trazo grueso y morboso de Little Britain, que se deja ver en tantas multidifusiones como uno necesite. Pero no me hagáis caso, soy de los que se ríe más con las siniestras intenciones encubiertas de Los Soprano, Roma, House o C.S.I, que con los enredos de Mujeres desesperadas, Anatomía de Grey, Cinco hermanos o The Closer. Y cuando no es así, si necesito partirme la caja a gusto, siempre vuelvo a los clásicos: Frasier, Friends, Las chicas de oro y, cómo no, Sigo soñando.